El metro trata de cumplir su trayecto a las 19:30 de ayer. Recorre la línea 10 dirección Hospital Infanta Sofía. Nuevos Ministerios parece en calma. Ésta se añora al llegar a una línea de 36.5 Kilómetros de longitud. Las puertas no pueden cerrarse, no cabe ni un alma más. Encajando cada cuerpo se consigue que el tren salga. Dentro no se oye demasiado ruido. Las personas se concentran en respirar. Atisban por las ventanas a ver si es la parada en la que tienen que salir. Próxima parada, Santiago Bernabéu.
El Real Madrid juega contra el Dinamo Zagreb, un partido de la Champions League, que atrae a centenares de adeptos al estadio. Se trata de un partido en el que el Real Madrid no se juega la liga, ya que ha pasado a octavos, con cuatro puntos por encima del Ajax, sin sudar la camiseta, podría pasar a primeros de grupo.
Salen por todos lados. Desde debajo de la tierra en masa hasta en Porches Cayenne con sus mujeres. Los aficionados se dirigen a un mismo lugar y les unen un mismo sentimiento. Ver al Real Madrid jugar al fútbol no entiende de clases.
Los perfiles de las personas que se dirigen a ver al Real Madrid son de los más variopintos. Dos personas mayores de la mano suben por las escaleras del metro bañados en colonia hacia el estadio. Detrás, seis rumanos gritan cánticos en su idioma. Más abajo encontramos a tres ecuatorianos que con los ojos más achinados que de costumbre se encaminan a ver a su equipo.
Arriba la situación es diferente, podemos observar los puestecillos de las pipas y las bufandas, que con frío, esperan a que alguien les compre. Los clientes se acercan a por coca colas y pipas porque es un día de fiesta y hay que tener las manos ocupadas para no desesperarse.
Los seguidores por un día compran bufandas, banderas, camisetas. Acaban vestidos con la equipación completa del Real Madrid. Esperan a sus amigos mientras ojean varios artículos para sus parientes. Su acento les delata, son alemanes y han venido a visitar Madrid. Por suerte o por desgracia se han encontrado con este jaleo futbolístico que les atrae tanto.
Trompetas y cantares se oyen por las aceras. “Hala Madrid”. “Maadrid, Maaadrid”. En un corro hay un conjunto de colegialas que podríamos decir que juntas consiguen hacer más ruido que los miles de aficionados. Llevan pintadas las caras y de falda lucen banderas del Real Madrid.
Aparece un olor extraño para una ciudad. Le siguen un eco de herraduras. Son los caballos marrones de la policía Municipal. Pasean como señores por plena Madrid. Un padre y un hijo paran a preguntarles por el caballo, ellos se ríen y continúan el paso.
A pocos metros, delante de la puerta cero del Bernabéu, están aparcados los coches. Se diferencian algunos con logotipos de los medios. Uno negro y verde de la Sexta otro blanco, con una estrella en el capó, de Telemadrid y otro de Ondacero.
Más a la izquierda, subiendo un poco más, tapan la vista furgonetas con antenas parabólicas. Televisión española tiene instalado su propio estudio donde al acabar comentarán el partido. Las furgonetas se encargan de retransmitir el partido a tiempo real.
Aquí se vive la fiesta antes del partido. Este tramo de terreno no pertenece al Bernabéu si no al Ayuntamiento de Madrid y en un futuro será convertido en locales comerciales. Un pequeño chanchullo que hacen presidente y alcalde. El trato es el permiso de la creación de una zona verde en la actual esquina del Bernabeu, y el traslado de éste a la zona del parking del estadio.
Pegado a éste, está la rectilínea y ancha Castellana. Sus bombillas hacen juego con las del Bernabéu. En este día los coches se han multiplicado y se mezclan las luces y los cláxones en el atasco. La mayoría se sorprenden por no haber previsto el evento. Otros no tienen forma de llegar a sus casas y preguntan a la policía cómo pasar con la calle cortada.
En la parte posterior del estadio se encuentra la calle Padre Damián. Una calle sencilla al lado de las famosas Castellana o Concha Espina. Por ésta humilde entran y salen los jugadores del equipo de fútbol.
Los hinchas se saben todos los trucos y no se les puede engañar con facilidad, por eso, la policía se reúne al finalizar el partido en esa calle para que los más intrépidos no se les suban al capó. No es raro que en ese tramo se salten los semáforos sin sanción por parte de la policía.
Su público es exigente y a la salida del partido por el garaje secreto, los guapos futbolistas acompañados de sus guapas novias reciban insultos y reproches. La policía ya no es la elegante y educada que paseaba en caballo antes de que empezase la función. Ahora, empuja a los aficionados que se salen de la acera. Incluso se encara con algún listillo.
Pero lo más vibrante, embelesante y enervante en un partido de Champions está en el interior. Un lugar que puede reunir a unas ochocientas mil personas. Un momento en el que pierdes tu personalidad y adoptas otra. El sitio en el que nunca estarás sólo. Y hasta aquí se puede contar, ya que para saber más, tendrá usted que pagar entre cien y doscientos euros para vivirlo.