Presumir de crecimiento mientras se pierde poder adquisitivo y productividad.
El viejo marino comenta:
— Sánchez vende triunfalismo macroeconómico y grandes cifras, pero no se percibe el cohete, sino el «síndrome de la rana hervida», con más deuda, más presión fiscal y menos poder adquisitivo.
Hay datos positivos, sin duda, porque España cerró 2025 con 22,46 millones de ocupados, una tasa de paro del 9,93 %, por debajo del 10 % por primera vez en años, pero la estadística no mide la calidad del empleo, cuando un joven puede emanciparse y progresar o simplemente está resistiendo.
Si el empleo se reparte —tiempos parciales, fijos discontinuos o temporeros— y está en actividades de bajo valor añadido y baja productividad, más ocupados no significa tener una economía más sólida.
Mientras con un discurso regado de propaganda y estadísticas aparentemente favorables lo utiliza el gobierno para tachar a la oposición de «desnortados», «ignorantes» o «apocalípticos», aunque obvia que, a largo plazo, ese deterioro gradual y poco perceptible obligará a correcciones duras, costosas e irreversibles en algunos casos.
La joven profesora interviene:
—Los datos de empleo no son falsos, pero incompletos. Una cosa es trabajar y otra prosperar. Además, el ministerio de Yolanda Díaz contabiliza, estadísticamente, varias veces a una persona según sus contratos. La virtualidad de la estadística.
Así un camarero, un repartidor, un administrativo o un joven ingeniero figuran como ocupados, aunque sus contratos no les permitan emanciparse o tener un proyecto de vida. La pregunta es: ¿crecemos mejor o sólo crecemos más?
El gobierno habla del crecimiento agregado, pero un país aumentando su población —inmigrantes—, tendrá mayor número de trabajadores; pero si todo cuesta más, exprime al contribuyente, menos prosperidad individual y no mejora su estructura económica, su economía no es más fuerte.
En época de «regularizaciones exprés» analizando su perfil, se observan claras diferencias con la inmigración comunitaria de los países del este que está decayendo. Alguno con formación universitaria, la mayoría con oficio, cualificación, disciplina laboral y fácil integración.
Países como Polonia, Rumanía o Bulgaria que han mejorado su renta per cápita, empleo y poder adquisitivo. Polonia se acerca al grupo medio europeo en poder adquisitivo, Rumanía ha dado un salto considerable y Bulgaria reduce distancias.
Por mucho que se alardee, Eurostat sitúa la tasa de empleo de 20-64 años, en 76,1 % en la UE. España sigue por debajo de la media en el 72,4 %.
El marino añade:
—Venían porque había trabajo y oportunidades, ahora se vuelven porque empiezan a encontrarlas en su país y nuestro mercado laboral se deteriora, lo que debería preocupar más a La Moncloa. Menos autoaplausos, menos estadísticas y más datos solventes.
La paradoja es que España necesita inmigración por envejecimiento, baja natalidad y falta de mano de obra en determinados sectores, pero —aunque sea políticamente incorrecto— no toda inmigración produce el mismo efecto económico y social.
Incorporar trabajadores con oficio, formación técnica y rápida adaptación fortalece un país; pero una inmigración descontrolada, con baja cualificación y difícil integración social para sectores de salarios bajos, sólo maquillan el crecimiento.
El INE, a comienzos de 2025, nos situaba por encima de los 49 millones de habitantes, con un 14,1 % de población extranjera y un 19,3 % nacida fuera. No es un dato menor y cabe preguntarse qué tipo de país estamos construyendo.
El Padrón de Residentes en el Extranjero (PERE) dice que, en 2005, vivían cerca de 1,1 millones de españoles fuera, mientras que veinte años después ya superan los 3 millones. No todos son jóvenes, pero el contraste es revelador porque importamos trabajadores para empleos de bajo valor añadido y parte de nuestros jóvenes formados —ingenieros, médicos, investigadores, técnicos o profesionales— buscan fuera mejores salarios, estabilidad y carrera profesional. Algo falla de raíz.
Se puede añadir la política de ayudas, revestida de escudo social, que no emancipa, pero crea dependencia. Un Estado moderno debe proteger a quien lo necesita, aunque las ayudas no pueden sustituir una política rigurosa de empleo, pero España tiene demasiada gente esperando que alguien les resuelva la vida y demasiados políticos encantados porque esto se traduce en clientelismo electoral.
La joven profesora resume:
—El Estado del bienestar no se sostiene con propaganda ni con deuda, sino con empleos productivos, salarios suficientes, empresas competitivas, formación técnica y contribuyentes que no se sientan exprimidos.
Nos acostumbramos a vivir peor, pero lentamente. A pagar más por lo mismo, pero lentamente. A llamar clase media a quien no ahorra ni crece, pero lentamente. A considerar normal que trabajar no garantice progreso, pero lentamente. A aceptar que un joven preparado decida emigrar, pero lentamente.
No se puede confundir récord de ocupación con prosperidad y todo lentamente. La rana sigue en el agua, plácidamente, porque todavía no hierve.
El viejo marino sentencia:
—El INE es prodigioso. Si entre dos, uno tiene un pollo, sale a medio pollo/persona. La realidad es que uno come y el otro se queda a dos velas, pero la estadística queda preciosa.
Jorge Molina Sanz
Agitador neuronal
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